|
Cuando no se comprenden bien las ideas se pueden construir grandes
infiernos. Es el caso del concepto de desigualdad. Mucha gente se
rasga las vestiduras denunciando que el neoliberalismo ha producido
enormes desigualdades. Y tienen algo de razón pues cuando se
abandona un mundo donde todos son igual de pobres para penetrar en
otro donde se permite que los hombres usen su talento para conseguir
sus sueños, se obtiene el resultado de que unos aprenden muy rápido
y amasan grandes fortunas, mientras que otros apenas trabajan para
conseguir el pan de cada día. Ciertamente, las diferencias pueden
ser abismales. ¿Pero acaso hay delito qué perseguir? ¿Que haya una
tremenda desigualdad denuncia una falla del sistema? ¿Acaso
eliminando la desigualdad lograríamos la felicidad plena?
Hay que observar, que la desigualdad es una característica propia de
la naturaleza. No existen dos objetos iguales. Es imposible
encontrar dos bolas de billar iguales; los dedos de las manos son
desiguales; nadie tiene dos orejas iguales; en el mundo hay más de
seis mil millones de seres humanos, pero todos somos distintos. Si
todo lo que observamos en el universo nos dice que la desigualdad es
natural, ¿por qué hay gente que se empeña en buscar la igualdad?
Es cierto que hay casos, quizás muchos, en que buscar la igualdad es
una virtud. Se hace ciencia para lograr “igualdad” en la calidad de
televisores o hamburguesas, de tal forma que si compras una marca en
Argentina o en Alaska, encuentras el mismo sabor, olor, color y
textura. Allí funciona bien la búsqueda de la igualdad, aunque en el
fondo, sabemos que nadie puede fabricar dos televisores o
hamburguesas iguales. Se hacen libros que lleven el mismo contenido
a fin de que un ruso o un japonés puedan aprender sin diferencia
sustancial. Allí también funciona la búsqueda de la igualdad.
Pero donde no funciona en absoluto es cuando queremos que todos los
hombres sean igual de pobres o igual de ricos.
Supongamos, por un momento, qué pasaría si se estableciera como ley
que, independientemente de cualquier cosa, todos los hombres (y
mujeres) ganáramos el mismo sueldo. Por ejemplo, que todos ganáramos
mil pesos por día (o cualquier otra cantidad). ¿Qué incentivo
tendría usted para prepararse mejor, estudiar en lugar de dormir,
levantarse más temprano, esforzarse más, si de todas formas va a
ganar lo mismo? Si admitimos el principio de racionalidad (todos los
hombres tenemos la tendencia a obtener los más a cambio de ceder lo
menos), entonces el esfuerzo que hará será menor conforme pasan los
días. Llegará el momento en que pase su jornada de trabajo durmiendo
en cualquier rincón. Es un resultado necesario que se pudo constatar
en la desparecida URSS, y aún hoy en día en Cuba y Corea del Norte.
La pretensión de que todos los individuos gozaran de igualdad los
condujo al infierno económico, es decir, a la igualdad en la
pobreza, aunque los líderes terminaron por ser reyes y señores
alejados de la muchedumbre igualitaria.
El neoliberalismo no promete la igualdad económica, nunca dice que
todos van a ser igual de millonarios o igual de pobres; pero sí dice
que todos deben tener las mismas oportunidades para conseguir sus
propios objetivos, su propia fortuna, siempre y cuando no dañen a
terceros. La filosofía del neoliberalismo dice que si usted quiere
hacerle la competencia a la Coca Cola mediante un barril de
horchata, nadie debe sentir el derecho de impedirle. Y si con sus
aguas de horchata usted le gana el mercado a la gran embotelladora,
debe ser considerado totalmente respetable. Ni el gobierno ni nadie
le debe mirar con malos ojml. Después de todo, dice el
neoliberalismo, en la búsqueda de sus propias fortunas, los
individuos terminarán por beneficiar a la sociedad, aunque ese no
sea el propósito de origen. Y si usted terminó con una gran fortuna,
eso solo significa que usted benefició a mucha gente. No hay delito
qué perseguir.
El autor Santos Mercado Reyes es Doctor en Ciencias en Economía Agrícola por la Universidad Autónoma Chapingo. Profesor-investigador en la Universidad Autónoma Metropolitana. Director del Seminario de Economía Austriaca.
|