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Escrito por Dr. Santos Mercado Reyes
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jueves, 17 mayo 2007 |
Colaboración enviada por Dr. Santos Mercado Reyes
*
Es necesario distinguir que en cualquier economía real se observan dos tipos
de pobreza: una es natural, resultado de nuestra actividad en un mercado
libre y competitivo; la otra es la pobreza generada por la intervención
sucia del Estado, gobierno o príncipe.
En efecto, cuando los agentes económicos interactúan para vender o comprar
libremente, es decir, sin la intervención de un tercero, uno ofrece un bien
y el otro ofrece dinero. Negocian, cada uno buscando obtener la mayor
ventaja posible. El comprador quiere obtener la mayor cantidad de arroz a
cambio de su dinero; el vendedor quiere obtener la mayor cantidad de dinero
a cambio de su mercancía. Nadie los obliga a llegar a un acuerdo, ambos
interactúan porque tienen necesidades, gustos y preferencias.
Una vez que llegan a un acuerdo, realizan el quid pro quo, es decir, el
intercambio libre y voluntario. Voltean la cara y cada uno se va contento a
casa. Ambos llevan una sonrisa porque sienten que ganaron al realizar la
operación. Y realmente ganaron pues están en mejor situación que antes del
intercambio.
Es posible que uno de estos dos agentes se dedique a vivir del intercambio.
Vende arroz a miles de personas y con cada una gana. Es posible que la suma
de ganancias diarias sea de varios miles de pesos.
La primera observación es que este comerciante no le está robando a nadie.
Gana mucho porque vende mucho. Cada comprador también gana pues de otra
manera no haría la operación.
Ciertamente hay diferencias en las ganancias, pero sería absurdo condenar al
que gana mucho, pues todo lo gana de manera justa, beneficiando a los que
compran su arroz.
Por supuesto que el que compra arroz tuvo que ganar previamente de la venta
de algo de él; quizás venda zapatos o su fuerza de trabajo. Si vende
zapatos, quizás no sean tan buenos y sólo vende un par al día. La gente lo
está castigando por no tener buen calzado.
El resultado es que unos ganan mucho y otros pocos. Pero es una ganancia
justa, decidida por los consumidores de manera libre y voluntaria. Es el
voto de la democracia económica.
La diferencia de ganancias se verá como “desigualdad” generada por el
mercado o por el capitalismo o por el neoliberalismo. Ciertamente, hay
desigualdad ¿y dónde está el pecado? ¿Acaso hay algo que corregir?
Mi conjetura es que si alguien trata de corregir este tipo de desigualdad va
a generar resultados peores. Más bien, considero que nadie tiene nada qué
hacer. Nadie debe intervenir.
Es un poco parecido a un juego de poker. A nadie se le ocurre declarar que
para que haya un juego justo, todos deben empezar con lo mismo. Después del
juego, los resultados pueden ser muy sorprendentes, pero hay que aceptarlos
mientras nadie haya hecho trampa.
Ahora bien, si en el juego de poker alguien lleva una carta de más bajo la
manga y obtiene una buena ganancia, esa es una ganancia ilícita, porque hizo
trampa. En cuanto alguien se da cuenta, puede perder hasta la vida pues los
perdedores no estarán nada contentos.
Algo pasa cuando el Estado, gobierno, rey o príncipe interviene para
provocar resultados distintos al del mercado libre. Quizás el príncipe use
su fuerza para impedir la entrada de algunos al mercado; quizás imponga
reglas absurdas para provocar la salida de un competidor, o aplique algún
impuesto autoritario a una de las partes. Va a crear perdedores, va a
generar pobreza. Esta es la pobreza artificialmente creada por una
autoridad, por el Estado. Vale la pena tratar de erradicar este tipo de
pobreza artificial, pues no es necesaria.
Por supuesto, cuando no se conoce este aspecto de la teoría económica, se
ataca la pobreza sin ton ni son y se acaba por generar más pobreza
artificial; se destruyen los mercados y se crea una clase de funcionarios
que viven del discurso de la “lucha contra la pobreza y la desigualdad”.
Para acabar con la pobreza artificial, solo hay una estrategia: eliminar la
intervención del agente que la genera. En otras palabras, significa cortar
las manos del Estado para que no se meta en asuntos económicos. Una tarea
muy difícil por la cantidad de burócratas del gobierno que viven de la
intervención, creando normas, leyes, reglamentos y que, por desgracia, no
tienen vocación de suicidio.
*Profesor-investigador en la Universidad Autónoma Metropolitana
Seminario Escuela Austriaca de Economía
www.asuntoscapitales.com
www.contrapeso.info
www.neoliberalismo.com
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Ultima actualización ( viernes, 16 enero 2009 )
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