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2008: ¿PARTEAGUAS PARA MÉXICO?
Según el Tratado de Libre Comercio firmado por México, Estados
Unidos y Canadá (TLCAN) en 1993 y puesto en operación el primero de
enero de 1994, todo el comercio entre estos países quedará exento de
impuestos, aranceles, regulaciones, cuotas, cupos y permisos de
importación a partir del primer día del año 2008.
Teóricamente cualquier mexicano puede ir a Estados Unidos o Canadá y
comprar un trailer de computadoras, maíz, o leche y pasarlos por la
frontera sin que nadie le moleste, no necesita pedir permiso alguno
ni debe pagar aranceles. Lo mismo un norteamericano puede comprar
tierras en Oaxaca, sembrar lechugas y llevarlas a Toronto. La
circulación de mercancías queda totalmente libre entre los tres
países. ¿Acaso no es un hecho histórico de gran envergadura para
México?
Para mi gusto, habría dejado las fronteras mexicanas completamente
libres desde 1994 (o antes), de manera unilateral y con los mismos
derechos para todos los países del mundo. Pero por falta de visión
se siguió un camino largo y tortuoso. El proceso de desregulación y
desgravación duró casi cinco lustros. Los aranceles fueron bajando
paulatinamente hasta quedar en ceros. Por presiones de algunos
líderes se impusieron cupos, es decir, sólo se podía importar
determinadas cantidades de maíz, frijol o leche “para no dañar a los
productores”. Pero ya en el 2008 se esfumarían todas esas
restricciones.
El TLCAN también incluye el libre flujo de capitales. Cualquier
mexicano podría ir a Washington o Québec a poner un restaurante de
comida mexicana, o una fábrica de bombones en California; pero igual
los canadienses podrían fundar una línea de taxis en la Merced sin
que el gobierno les obstaculice.
Solo se dejó pendiente la libre circulación de la fuerza de trabajo
corriente. Pero los profesionistas tendrían mayores facilidades para
trabajar en cualquiera de los tres países. ¿Acaso no parece un sueño
largamente acariciado?
Si realmente se cumple lo planeado, México podría ahorrar mucho
dinero que usa para mantener el control de las fronteras, las
aduanas ya no tendría por qué mantener a tanta burocracia. De
hecho, se hace innecesario tener empleados de gobierno. ¿Para qué se
necesitarían si ya no van a expedir permisos de importación, ni
cobrar aranceles por cada camión de carga? Si Los Estados Unidos no
quieren que nuestros trabajadores vayan a su país, ellos deberían
ser los que gastaran para estorbarles el paso. Pero es posible que
pronto se den cuenta que están en un error al restringir el paso de
nuestra mano de obra. En realidad, la libre circulación de la fuerza
de trabajo beneficia a los tres países.
Bueno, es deseable que todo esto se cumpla como se planeó y
esperemos que no salgan unos idiotas encapuchados para oponerse al
comercio libre.
Es posible que México reciba un gran flujo de inversión
norteamericana y canadiense y con ello se generen muchos puestos de
trabajo y bienes que elevarán el bienestar del pueblo mexicano.
Aunque esto implica la necesidad de reformar nuestras leyes para no
espantar a los inversionistas.
Otro renglón importante se refiere a la homogenización monetaria.
Habiendo libre flujo de mercancías, trabajo y capital se hace
absurdo estar manejando tres monedas: dólar canadiense, peso
mexicano y dólar norteamericano. Es necesario tener una sola moneda
para facilitar el comercio entre los tres países. Huelga decir que
la moneda más viable es el dólar norteamericano.
En fin, México vuelve a tener una gran oportunidad. Espero la
sepamos aprovechar.
El autor Santos Mercado Reyes es Doctor en Ciencias en Economía Agrícola por la Universidad Autónoma Chapingo. Profesor-investigador en la Universidad Autónoma Metropolitana. Director del Seminario de Economía Austriaca.
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