|
Hace doscientos años, casi nadie hablaba de la pobreza. Cierto que
había gente que no llenaba sus estómagos, o que no tenían techo o
casi no cubrían sus cuerpos, pero no era un asunto de Estado. Las
iglesias dedicaban parte de sus ingresos para alimentar a las
viudas, ancianos o niños desamparados. Gente piadosa del sector
privado reunían dinero para crear internados, asilos y hospitales
donde la gente si recursos económicos (pobres) podían disponer de
servicios.
Pero a mediados del sigo XIX se empieza a descubrir que el asunto de
pobres podía ser muy rentable en lo económico y en lo político. En
lo económico porque se podía convencer a la sociedad y al gobierno
de que debía dedicar recursos para acabar con la pobreza. Esos
recursos los tenían que manejar los hombres que supuestamente
acabarían con ese flagelo de la sociedad. Para ellos, tenían que
contratar sociólogos, economistas, ingenieros, que estuvieran bajo
las órdenes de un líder; comprarían edificios, automóviles y, por
supuesto, se pondrían muy buenos salarios.
Los resultados, a lo largo un siglo, no son muy halagüeños. La
mayoría de estas políticas antipobreza dieron como resultados que
los únicos que dejaron de ser pobres fueron los funcionarios del
gobierno que se dedicaron a gastar el presupuesto. Según los
cálculos de algunos analistas, de cada peso destinado a favorecer a
los pobres, sólo llegaban 20 centavos, lo demás se quedaba en las
manos de la burocracia. Otros terminaron con altos puestos en el
gobierno y ya sólo piensa en cómo subir al siguiente escalón
político.
Puede ser muy loable que alguien se preocupe por resolver la pobreza
de un país, un municipio o de una persona, pero es necesario
distinguir si se está usando a la pobreza para mamar recursos del
Estado, si se usa como bandera para conseguir puestos políticos o si
se tiene un interés legítimo por combatir la pobreza.
¿Cómo distinguir si alguien usa a la pobreza de manera demagógica?
En primer lugar hay que ver si abraza esta bandera para pedir
recursos del erario. Usted puede estar seguro que esta persona,
partido u ONG nunca va a resolver la pobreza pero si va a vivir bien
y cada año pedirá más y más.
En segundo lugar, puede ser que alborota a la gente para ganar
puestos políticos, hacerse diputado, senador o líder de un
sindicato. Una vez que consigue el puesto buscado, se olvida de los
pobres.
En tercer lugar están los que quieren combatir la pobreza abogando
por aplicar neoliberalismo. Es decir, porque se le dé permiso a la
gente para dedicarse libremente al negocio que le plazca, sin que le
estorbe el gobierno: Si alguien quiere vender naranjas en la
esquina, se le deje, siempre y cuando no bloquee el paso al peatón;
si quiero construir un edificio de 200 pisos, que ninguna autoridad
se lo impida; si quiere hacer negocio mediante la construcción de
una playa privada, que nadie se lo impida.
En realidad, la única forma legítima, sana y robusta para combatir
la pobreza es cuando se deja que los mercados funcionen libremente,
cuando las personas usan su talento propio para iniciar negocios sin
que la burocracia gubernamental estorbe. Cuando se intenta acabar
con la pobreza, sin usar los mecanismos del mercado, se termina por
generar más pobreza.
El autor Santos Mercado Reyes es Doctor en Ciencias en Economía Agrícola por la Universidad Autónoma Chapingo. Profesor-investigador en la Universidad Autónoma Metropolitana. Director del Seminario de Economía Austriaca.
|