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El Dr. Alvaro Cuadra nos envía un nuevo libro eléctrónico (ebook) titulado Walter Benjamin ópticas de la modernidad .
Introducción
I Ópticas de la Modernidad: De Julio Verne a Walter Benjamin
II Ciudad y Barricada. Walter Benjamin: La tradición de los vencidos
III Rayuela: Tiempo y Figuras. Walter Benjamin y Julio Cortázar
Apéndice: La obra de arte en la era de la hiperreproducibilidad digital
1.- Ciudad, espacio y tiempo
Desentrañar el pasado desde un incierto presente es tarea de historiadores y filósofos. Imaginar el futuro desde un presente de la escritura es la tarea a la que se han aventurado algunos insignes escritores. El filósofo historiador y el escritor de ficción hurgan desde lo que es en aquello que no es. Se ha dicho que es el presente el que “inventa” tiempos alternos, así los surrealistas crearon a Rimbaud o Alfred Jarry, del mismo modo como Kafka nos esclarece “Bartleby”, el oscuro amanuense concebido por Melville. Como en “Pierre Menard. Autor del Quijote”, debemos reconocer que si bien todo texto permanece idéntico a sí mismo, cada época es capaz de reinventarlo. Habría que repetir con Borges: “Pensar, analizar, inventar no son actos anómalos, son la normal respiración de la inteligencia. Glorificar el ocasional cumplimiento de esa función, atesorar antiguos y ajenos pensamientos, recordar con incrédulo estupor lo que el doctor universalis pensó, es confesar nuestra languidez o nuestra barbarie. Todo hombre debe ser capaz de todas las ideas y entiendo que en el porvenir lo será” Situados, pues, en nuestro indigente mundo “hipermoderno”, estamos convocados a rastrear estos viajes, recreando las cartas de navegación, las bitácoras y la calendariedad de aquellas épicas travesías por los sinuosos mares del imaginario. Dos obras precarias, inacabadas, lúcidas y tristes al mismo tiempo, dos manuscritos que reclaman literalmente ser redescubiertos. Tal es el caso del “Libro de los Pasajes” de Walter Benjamin y “Paris en el siglo XX” de Julio Verne , cada uno a su modo, secreto “crononáuta” de esos otros océanos.
Pensar París, en Benjamin es pensar la ciudad y la modernidad como una conjunción necesaria. Podríamos avanzar, incluso, que “pensar” en el sentido que le otorga a este verbo el pensador frankfurtiano es indisociable del “imaginar”, en el sentido lato en que lo entendieron los surrealistas. Reflexión e imaginación constituyen los dos ejes de una “dialéctica de la mirada”. Por ello, nos parece más que pertinente contrastar esa mirada benjaminiana con aquella otra, anclada en la literatura prospectiva de Julio Verne. Mientras éste lleva al límite su imaginación para obligar a su presente a delatar un presunto futuro, aquél obliga a su presente a mostrar las cicatrices de un pasado. Un doble movimiento que lejos de excluirse el uno al otro se complementan en la conformación de una imagen que emerge detrás de la “brouillard des villes”. Filosofía y literatura comparecen, así, en el difuso borde en que la distinción entre racionalidad e imaginación queda abolida por la seducción como destino último.
Si Walter Benjamin nos legó una obra, en rigor, inexistente; Julio Verne irrumpe en nuestro siglo con un manuscrito desaparecido desde que fuera escrito en 1863 para ser redescubierto en 1989. Dos obras extraviadas o singulares, acaso correferentes, si se prefiere, pues, comparten una misma pasión objetivada: la ciudad de París. Aclaremos, París sólo exterioriza algo mucho más sutil en ambos autores. Se trata de develar “algo” que se escenificó y fluyó en aquella luminosa capital y que nos concierne, de un modo u otro a todos hasta el presente. Como escribe Beatriz Sarlo: “Benjamin no estudió ciudades porque fuera un tema de moda. Buscó sentidos y, naturalmente, encontró a las ciudades como escenario… No va a París para encontrar ninguna ciudad como unidad de análisis. Por el contrario, París va hacia Benjamin porque es un escenario cultural indispensable para entender algo que no es París o que, por lo menos, no es sólo París” . Contentémonos por ahora con utilizar un concepto que los pensadores contemporáneos han denominado la “modernidad”. Término equívoco y evasivo si los hay, pero que posee la ventaja de ser admitido por todos, aunque su sentido último sea objeto de debate.
Walter Benjamín ha sido traducido a la contemporaneidad bajo la etiqueta de “pensador original”, queriendo significar con ello cierta resistencia a ser pensado desde la especificidad de alguna disciplina. Se le adscriben con facilidad grandes dominios de pensamiento, tales como el arte, el lenguaje, la historia, sin embargo, se tiende a olvidar que Benjamín fue uno de los primeros en pensar la urbe como dispositivo de la modernidad. Como muy bien nos lo recuerda Simay: “La ville constitue pourtant le centre de gravité, et non une simple variable, de la lecture benjaminienne de la modernite. A la différence des approches exclusivement politiques et morales, tout comme des theories de la modernisation, ce n’est ni dans la sphère des valeurs ni dans l’appréhension idéale de la totalité sociale que Benjamín a cherché le sens de la modernité, mais dans les phénomènes urbains les plus concrets”
Recordemos que Walter Benjamin, junto a Siegfried Krakauer son los discípulos directos de Georg Simmel quien ya a principios del siglo XX definió la experiencia metropolitana en términos de una transformación perceptual de los individuos. El pensamiento simmeliano inspira, desde luego, los trabajos de Benjamin en las primeras décadas del siglo XX. Así, la mirada benjaminiana en torno a la urbe se aleja de visiones estrictamente socio – históricas al estilo Weber, aportando un énfasis más fenomenológico. Esta orientación es la que algunos han llamado “lectura sensitiva” de la modernidad.
La obra verniana que emerge tras la lectura de su manuscrito reaparecido demuestra que lejos de ser un ingenuo apologeta del progreso y de la ciencia, Julio Verne posee una mirada trágica y pesimista ya en su obra temprana. Como sostiene Piero Gondolo Della Riva: “El pesimismo está presente, por lo tanto, desde sus primeras obras. Se trata en realidad, de una constante del pensamiento de Julio Verne, que aparece aquí y allá durante toda su carrera literaria. No obstante, en Paris en el siglo XX, este pesimismo se estremece constantemente de humor generalizado y reconfortante. Invita a que el lector contemple de modo nuevo y limpio el mundo que lo rodea”
Ocuparnos de Julio Verne, un reconocido escritor de literatura de ciencia ficción, supone y exige una nueva mirada epistemológica. En efecto, escudriñar desde las ciencias sociales la literatura del siglo XIX para desentrañar tal o cual aspecto de las sociedades burguesas de la época no mueve a escándalo a nadie. Sin embargo, pretender hacerse cargo de la única novela verniana que podríamos llamar, propiamente, de “anticipación”, bien pudiera parecer exótico a primera vista. En este sentido, la obra de Verne nos parece crucial para delimitar un cierto marco espacio – temporal que configura un cierto imaginario de la modernidad, entendiendo que en cada metáfora se juega una postulación de lo real, esto es una sutil sensibilidad de carácter epistemológico.
Nuestra mirada no podría sino tomar los tintes de una incursión en la arquitectura de la modernidad, las evanescentes siluetas que enmascaran una cierta “ideología de la forma” presentida ya por Barthes . Lo nuestro son los indicios, las huellas apenas perceptibles de las superficies, aquello que persiste como una pátina de lo moderno. Aquello, en suma, que delata y denuncia la expansión de las sociedades burguesas con toda su carga de mercantilismo y dominación, pero, al mismo tiempo, aquello que también oculta su carácter de clase en la vida cotidiana de las grandes ciudades, su propia ex - nominación . Nuestra exploración, finalmente, no podría ocuparse sino de los signos, el tiempo y la ciudad, es decir, de presencias, ausencias y presciencias de la modernidad, otro modo de reconstruir las bitácoras de los autores que nos convocan
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Citando fuente y autor
Santiago de Chile. Año 2009
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